Foto tomada de www.lavozdigital.es

Con Caballero Bonald, que se nos fue este fin de semana, desaparece el penúltimo de los grandes poetas que conformaron la llamada Generación de los 50, una de las más importantes que ha dado la literatura en lengua castellana y que estaba conformada, entre otros, por José Ángel Valente, Claudio Rodríguez, Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, Ángel González o Francisco Brines (el único que sobrevive al poeta recién fallecido). Alguien dijo de este grupo que lo que los definía era ser “partidarios de la felicidad”.

Nacido hace 94 años, Caballero Bonald fue un rebelde toda su vida. Ciclotímico, autor intermitente, tolerante, dotado de una profundidad lingüística poco común y siempre apasionado, su poesía será para siempre una luz deslumbrante, un deseo de amar que siempre nos deja incompletos pero nos da fuerza para vivir y revivir una y otra vez:

 

Oh amor, carnal fuego armonioso, escucha:

escúchame la voz que por ti besa,

remózame las manos que acarician teniéndote ceñido,

abrígate en mi pecho donde tú palpitando me sostienes,

dame siempre tu forma, amor, tu celeste materia iluminada,

esa embriaguez con la que un cuerpo dentro de otro agoniza

por hundir en lo eterno la identidad humana.

 

Como tantos otros grandes de la literatura del último siglo, recibió el premio Cervantes. Corría el año 2012 y Caballero Bonald había sobrepasado con creces la barrera de los 80. Aun así, mantenía una esperanza ciega en la poesía y cerraba de este modo su discurso de recepción del premio: «Si es cierto, como opinaba Aristóteles, que la “la historia cuenta lo que sucedió y la poesía lo que debía suceder”, habrá que aceptar que la poesía puede efectivamente corregir las erratas de la historia y que esa credulidad nos inmuniza contra la decepción. Que así sea».

Fue ante todo un poeta brillante, pero también novelista, articulista y ensayista. Muy activo hasta el final de su vida, nos deja una obra extensa confeccionada a caballo entre dos mundos (Colombia y España), pero anclada a orillas del Guadalquivir donde pasaba buena parte del año, a salvo de “gregarios, sumisos y fanáticos”.

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