Las erratas son consustanciales a la escritura. O quizás hubiera que decir, de forma más general, que errar es humano. Desde tiempo inmemorial, cuando escribimos nos exponemos a equivocarnos y cometer faltas. Algunas de ellas pueden ser consecuencia de lagunas en nuestro conocimiento de la gramática o la ortografía. Pero otras muchas, simplemente se deben al descuido, las prisas o, sencillamente, nuestra condición humana. Es por ello que hasta hace pocos años toda publicación impresa que se preciara llevaba aparejada su fe de erratas, una hermosa costumbre que se está perdiendo con la digitalización. En esta nueva entrada de nuestro blog te contamos un poco más.

Una anécdota entre un millón

Errare humanum est, decían los antiguos romanos. Y así lo demuestra esta anécdota que relataba el polígrafo mexicano Alfonso Reyes y que más bien parece un castigo divino o una broma. Un orgulloso escritor puso en su última página: “Este libro no tiene eratas”. ¿Cabe decir más? No es la primera y la última vez que alguien se ufana de no tener errores en el mismo instante en que comete uno. Nadie que haya trabajado en tareas de edición e impresión se habrá escapado de momentos frustrantes en que, tras horas de revisión exhaustiva, la publicación regresa de la impresnta con un error flagrante que parece haber burlado todos los controles. ¿Qué ha pasado? Nuestro ojo tiende a engañar a nuestro cerebro. Por eso es fundamental que todo texto impreso pase por muchos ojos antes de ver la luz, algo que hacemos siempre quienes nos dedicamos a la corrección de textos.

De la necesidad virtud

Aunque también habría que añadir que si errar es humano, perserverar en el error es diabólico. Así decían los antiguos. Sin llegar a exagerar, nosotros diríamos hoy que es más propio de los necios. Reconociendo que todos cometemos errores, hay que valorar como positiva la voluntad de enmendarlos. De ahí, de esa necesidad hecha virtud, nace la fe de erratas, un pequeño anexo en las publicaciones que hoy se está perdiendo pero que resultaba muy útil en otro tiempo.

La fe de erratas era una hojita que se imprimía tras el texto original y que daba cuenta de los errores involuntarios cometidos en el mismo. Comienza su andadura con la imprenta. Al principio, los editores e impresores corregían un error, cuando lo detectaban, ejemplar por ejemplar. Como esto era inviable, alguien pensó que mejor sacar una hojita con las erratas detectadas, una vez leido el texto impreso. La primera conocida se incluyó en una edición de las Sátiras de Juvenal, en Venecia en el año 1478. Ocupaba nada menos que dos páginas.

Diferentes tipos de erratas

A la hora de señalar los diferentes errores que podemos tener al escribir, veremos que estos son de diferentes tipos.

Un lapsus, por ejemplo, es cuando escribimos una palabra por otra. En cambio, un gazapo es una inexactitud que comete el autor. Errores son muchos: omisiones, imágenes que no concuerdan con el título, etc. Y los caprichos… también los hay. Por ejemplo, nuestro premio Nobel Juan Ramón Jimenez escribía siempre “j” en vez de “g”, no por desconocimiento ortográfico sino porque así lo decidió y tenía galones para hacerlo.

Fe de erratas, no de errores

Hay quien confunde la fe de erratas con la fe de errores. Pero no es lo mismo. A veces las equivocaciones que se cuelan en una publicación tienen que ver con informaciones erróneas, es decir, con el contenido. Las erratas se refieren a cuestiones formales. Fundeu explica esto, como siempre hace, con mucha claridad.

Las más simpáticas

Las erratas, en ocasiones, no son detestables sino todo lo contrario. Nos divierten. Y surge aquí la elegancia de quien sabe rectificar, otro arte en peligro de extinción.

«Al contrario de lo que se informaba en esta noticia, el candidato a la presidencia, Eduardo Jorge, no afirmó que tuviera entre sus pasatiempos los dibujos animados Toy Story. En verdad se refería al escritor ruso Léo Tolstoi (1828-1910), autor de clásicos como Anna Karenina o Guerra y Paz. Veja pide disculpas a sus lectores y al candidato”.

De estas hay muchas. Pero te dejamos con una que nos divierte especialmente. A nadie le gustaría cometer un error como el siguiente. Y sin embargo apareció en The Times, uno de los diarios más prestigiosos del mundo. Lo que demuestra una vez más que nadie está libre de equivocarse. Este diario publicó en cierta ocasión que Juan Pablo II fue el «primer Papa no católico» de la historia. Más de uno hubo de sorprendere con la extraordinaria revelación. Su fe de erratas puso las cosas en su sitio:

«Nos referimos a Karol Wojtyla en la columna del pasado sábado como el primer Papa no católico en 450 años. Ahí debería haberse leído, por supuesto, el primer no italiano. Nos disculpamos por el error».