Como siempre que se produce un acontecimiento inesperado y poco común, nos vemos sometidos en pocos días a un aprendizaje de nuevas palabras y expresiones. Y no en pocas ocasiones, nos asaltan las dudas si nos toca redactar una nota sobre el tema. Ayer domingo 19 de septiembre, en la isla de La Palma, comenzó una erupción del volcán de Cumbre Vieja. Desde entonces, al menos en España, la actualidad informativa está dominada por este hecho asombroso y peligroso a partes iguales. En la siguiente entrada, compartimos dos breves apuntes para que, si en algún momento tienes que escribir sobre volcanes, sepas hacerlo con corrección.

La erupción

 

En latín eruptio es una salida brusca. Por eso podía usarse tanto para la tragedia sucedida en Pompeya en el año 79 de nuestra era, como para una enfermedad de la piel caracterizada por la salida de granos. Y así seguimos haciéndolo siglos después, por lo que se puede decir que esta palabra es un cultismo. Es decir, no es una palabra que haya sufrido la evolución propia que experimentaron todas las palabras procedentes del latín hasta llegar al actual idioma español. Es más bien un vocablo que, tardíamente, se incorpora a nuestro habla, tal y como se decía en tiempos de las legiones romanas,.

Se puede decir entrar en erupción o hacer erupción. También erupcionar. Lo que no se puede es confundir eructar, que es lo que a veces hacemos si la comida nos ha sentado mal o, simplemente, tenemos muchos gases en nuestro estómago. Habrá quien vea similitudes entre ambos fenómenos. Pero no, un volcán nunca eructa sino que entra en erupción.

¿Sismo o seísmo?

 

Los volcanes van siempre asociados a temblores de tierra, pues lo que sucede es que el magma aprisionado en el interior de la tierra pugna por salir afuera y eso produce, invariablemente, grandes o pequeños movimientos telúricos. A estos movimientos, también llamados temblores o terremotos, se les puede llamar seísmos. ¿O más bien son sismos? En Hispanoamérica se dice esta última palabra. ¿Quién está en lo correcto? Pues ambos, porque se puede decir sismo o seísmo y ambas son palabras igual de aceptadas y aceptables.

Los griegos tenían una palabra “seismós”, para designar una conmoción o sacudida. En nuestra lengua no se usaba hasta mediados del siglo pasado. Únicamente se decía “terremoto”. A nuestro diccionario llega a través del francés “seisme”. De ahí derivan tanto “seísmo” como “sismo”. Y ambas fueron aceptadas por la Academia de la Lengua que la incluye en su Diccionario en 1947.

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