FOTO PATXI CORRAL. ARABA PRESS

 

Acaba de dejarnos, a sus 79 años, Fernando García de Cortázar, quien puso su inteligencia y talento narrativo al servicio de una causa necesaria: la divulgación de la historia de España. Una historia sin mitos, como denominó El País muchos años atrás a su obra más famosa: Breve historia de España. Este libro fue publicado por primera vez en 1994 y desde entonces se han sucedido las reediciones y actualizaciones. Varias generaciones se ha adentrado en el conocimiento del pasado de España con este entretenido relato histórico que, solo en el primer año, vendió más de 150.000 ejemplares. ¿La razón de su éxito?: “Esta historia rompe con los viejos mitos de la España como fracaso o como problema. Es una historia de la pasión por la vida, de una España de mil paisajes y mil colores”. Quienes creemos en la importancia de instruir deleitando, leíamos a García de Cortázar con enorme respeto y sincera admiración. Quienes no lo conocíais, encontraréis en esta entrada una breve explicación de su relevancia como historiador y como divulgador. Para los que ya habéis disfrutado de sus obras, sirva este humilde artículo de blog como sentido homenaje a un historiador que profesó sincera devoción por la palabra clara y precisa.

Jesuita vasco

Algunos de sus lectores no sabían que García de Cortázar era sacerdote jesuita. Y es que su condición religiosa no le impidió nunca ser un ciudadano libre y reflexivo, comprometido con la vida pública. Como buen jesuita, fue consciente de la necesidad de cultivar una sólida formación humanista para brindar su mejor aporte. Nacido en Bilbao, buena parte de su trayectoria vital y profesional giró en torno a la Universidad de Deusto, de cuya facultad de Filosofía y Letras llegó a ser decano. A través de su magisterio en esta universidad, dejó tras de sí un reguero de discípulos eminentes, que hoy lamentan su partida, pero agradecen su legado.

De la academia a la calle

Parece una tarea fácil, pero nunca lo es. Un historiador, como cualquier otros especialista académico, se encuentra habitualmente más cómodo entre las paredes de las aulas que en la plaza pública. Y, sin embargo, qué importante es llevar a la calle el conocimiento, hacerlo accesible para todos. Y qué necesario es esforzarse para que nadie se quede sin el placer de entender. Cortázar unió rigor académico con destreza narrativa, acercando la historia a cualquier ciudadano y contribuyendo de una manera magistral a que la historia de España fuera redescubierta por mucha gente que, harta de la lista de los reyes godos, encontró en sus libros un relato ameno, luminoso y atractivo.

Patriota no nacionalista

Basta leer un pequeño capítulo, o incluso un breve fragmento de su obra, para percibir el amor que Cortázar sentía por su país. Y, sin embargo, no se encuentra entre sus palabras la más mínima brizna de hueco patriotismo. Como ha señalado un prestigioso periodista que lo entrevistó por cinco veces, Cortázar era la mejor muestra de la diferencia entre patriota y nacionalista. Se puede querer al terruño donde naciste y sentirte a gusto en él, sin abonarte a sus mitos. O sin inventar patrañas o las idealizaciones al uso de que hace gala todo nacionalismo. Para García de Cortázar, una nación es, ante todo, un escenario donde se recrea la humanidad:

“La historia de la infamia es universal y la historia de España, al igual que todas las historias de la historia está hecha de luz y de sombra: si ha engendrado inquisidores también ha dado personajes que no han sucumbido a las tinieblas y han sido leales a los fértiles valores del humanismo y a los avances de la razón”.

12 años con escolta

Como otros tantos personajes públicos en Euskadi durante los años de plomo, a Fernando García de Cortázar le persiguieron las pistolas. Es sabido que, entre sus compañeros eclesiales, hubo una excesiva y vergonzante condescendencia con el nacionalismo criminal de ETA. Pero el historiador lo tenía claro. En cierta ocasión acusó a los obispos “comprensivos” con los asesinos de “cuidar más a los lobos que a las ovejas”. En aquellos años difíciles en que mucha gente hablaba entre susurros por miedo a ser proscrito por los nacionalistas, Fernando García de Cortázar fue de los primeros en salir a pecho descubierto a la calle cuando se producía un asesinato y soportar los insultos de los partidarios de las armas. Y, lo que es peor, el silencio de los cobardes y la indiferencia de los equidistantes.

Una historia emotiva y bien contada

Pero volvamos al inicio. Lo que siempre nos quedará de Fernando, su legado más duradero, son sus más de 70 libros publicados. Y un estilo pulcro, didáctico, ameno y emotivo, que contagia entusiasmo por el conocimiento del pasado. Devoción por la palabra bien escrita al servicio de la comunicación clara y fluida. Sus allegados comentan que, a pesar de su carácter tolerante, era implacable con lo que el llamaba «voluntad de estilo«: los textos deben instruir deleitando. Claridad y calidad. Dice su editor, Ricardo Artola, que García de Cortázar escribía tan bien a consecuencia de la mucha poesía leída. Es posible. Lo que no cabe duda es que para escribir de ese modo hay que haber leído mucho y con mucha devoción. La devoción por la palabra escrita. Esa devoción que nos sigue contagiando.

Aun sin haberte conocido personalmente, Fernando, admirándote en la distancia, quienes aspiramos a escribir con claridad sentimos que hemos perdido un entrañable compañero de viaje y, sobre todo, un maestro.