Sus viñetas son tan tiernas como incisivas. Y es que Joaquín Lavado, Quino, nunca aspiró a cambiar el mundo. Quería, eso sí, enseñarnos a reirnos de nuestras pequeñas miserias e hipocresías para ser mejores. Con la sonrisa siempre puesta y la mirada inteligente de quien conoce la materia de que estamos hechos los seres humanos, le hubiera gustado, confesó alguna vez, vivir al revés y que su vida se apagara «en un tremendo orgasmo».

Hijo de emigrantes malagueños que viajaron a la Argentina en los años 30, siempre tuvo muy presente sus orígenes andaluces y, con el tiempo, adquiriría la doble nacionalidad. Con solo 3 años descubrió las maravillas que se podían hacer con un lápiz un día que sus padres fueron al cine y lo dejaron con su tío, que era diseñador gráfico. Contaba el humorista que esa noche supo qué quería ser de mayor.

Quino y su esposa Alicia decidieron no tener hijos: “Es una mala porquería traer a alguien aquí sin haberle preguntado”. Sin embargo, al dibujante le sobrevive Mafalda. La morocha, por derecho propio, se convirtió en uno de los grandes personajes que la Argentina ha regalado al mundo, tan universal como Maradona, el Che Guevara o Gardel. Mafalda es, desde hace 50 años, la nena argentina. Esa, decía hoy el diario Clarín, “que más se estampa en tazas, en remeras, en agendas, en señaladores y en mates que se venden en ferias de artesanos y en aeropuertos internacionales”. Avispada, idealista, contestataría, inconformista e irónica, pero finalmente con una fe casi resignada en la humanidad

Desaparecida Mafalda en 1973 (algunos desaprensivos mexicanos dicen que la atropelló un camión de sopa), Quino no dejó nunca de estremecernos con su forma de ver el mundo. Siguió creando dibujos de un detallismo brillante, con un trazo tan elocuente que era en sí mismo literatura de altos quilates.

Ya decía Quino que la vida debía ser al revés: morirse primero para salir de eso cuanto antes. Qué razón tenía. Hay días como hoy en que desearíamos, como su personaje, ponernos una curita en el alma. Pero no sabemos cómo hacer. Nos queda el consuelo de haber convivido con él. Una larga existencia (88 años) dedicada enteramente al humor y al amor. Ahí es nada.