Ilustración tomada de www. correccionencastellano.com

Un ensayo escrito por un académico noruego, Bård Borch Michalsen, publicado a principios de este mismo año, puso de manifiesto la importancia que los signos de puntuación, esas cosas tan pequeñas, han tenido hasta ahora en la historia de la humanidad. Quizás algunos que lean esta entrada del blog la abandonen de inmediato pensando que exageramos. Pero no te apures. Si uno reflexiona sobre la relevancia de la comunicación escrita para el desarrollo de nuestro cerebro y luego piensa en el papel que juegan los signos de puntuación para que nos comuniquemos con más precisión, es posible que ya no te parezca una afirmación tan hiperbólica. En todo caso, si tienes que redactar un escrito o, simplemente, eres de los que piensan que bien merece la pena el uso adecuado de los signos de puntuación y sospechas que prescindir de ellos no traerá nada bueno al proceso de comunicación entre seres humanos, probablemente te interesará lo que te tenemos que contar a continuación.

Los pioneros de la puntuación

Como en cualquier actividad humana, hay pioneros. A alguien se le tuvo que ocurrir que unos signos podrían ayudar para mejor entender lo que se escribe. Pues bien, ahí está Aristófanes de Bizancio, el director de la Biblioteca de Alejandría 200 años antes de Cristo. Este hombre reflexionó mucho sobre cómo podía hacer para que cuando los textos se leyeran en voz alta, que era lo propio en aquel tiempo, se hiciera con los matices de entonación adecuados. Una noble tarea, sin duda, y de mucha utilidad en aquel tiempo. Tras darle muchas vueltas ideó tres signos que ayudaran a su objetivo:

  • Comma: pausa breve.
  • Colon: pausa media.
  • Periodus: pausa larga.

Con el tiempo, de estos se derivarían otros como el “punctus versus”, una versión medieval del punto y coma, y el “punctus altus”, que con el paso del tiempo se convertiría en lo que hoy conocemos como dos puntos.

Signos de puntuación versus lenguaje corporal

Hay quien puede argumentar, de hecho se hace con excesiva temeridad, que lo más natural es escribir como hablamos y que, por tanto, sobran los signos de puntuación. Sin embargo, cuando hablamos, nuestra entonación y nuestro lenguaje corporal aportan una gran cantidad de informacion que no brinda el lenguaje escrito por su mismo. Justamente esa es la riqueza de los signos de puntuación. Nos permite expresar emociones con el lenguaje, eso mismo que hacemos con nuestra pausas cuando hablamos, con nuestros gestos, o con nuestros cambios de entonación.

Precisión y profundidad

La mala colocación de una simple coma puede ocasionar catástrofes, ya lo hemos comentado aquí en nuestro blog en más de una ocasión. También lo contrario. Cuentan que en cierta ocasión la zarina rusa salvó la vida de un delincuente, cambiando el signo de un telegrama redactado por su marido. El original decía “Indulto imposible, enviar a Siberia”. La zarina, a quien la vida del reo no le era indiferente cambió el lugar de la coma: “Indulto, imposible enviar a Siberia”.

No solo la precisión es deudora de las comas. Escribir con profundidad, adentrándonos en los misterios del ser humano, en las vicisitudes del derecho o en las complejidades de la física cuántica, sería imposible sin usar bien los puntos, las comas y todos los demás signos. ¿Y qué decir de la literatura? ¿Disfrutarías de tu libro preferido si a este le suprimieran los signos de puntuación? La emoción, el tono de una frase, el ritmo de un capítulo… todo ello depende en buena medida del uso adecuado de los signos de puntuación. Dales su lugar. Se lo merecen.