Foto tomada de https://aqui.madrid/

Desde el año 2011 la Fundación Francisco Umbral, creada para fomentar entre cosas la cultura literaria, escoge cada enero el que considera mejor libro escrito en castellano durante el año anterior. No es un premio muy dotado económicamente pero sí que tiene un prestigio que va creciendo en cada edición. Libros como Tiempos Recios, de Mario Vargas Llosa, o Patria, de Fernando Aramburu, que hemos sorteado en nuestro blog, ya han recibido este galardón en ediciones anteriores. Este año, el reconocimiento ha caído sobre un ensayo que promete dar mucho que hablar. Se trata de Morderse la lengua, escrito por el que fuera director de la RAE, Darío Villanueva.

Quién es Darío Villanueva

Darío Villanueva nació en Villalba, Galicia, hace 71 años, y pasó su infancia en la asturiana Luarca. Ha tenido una larga vida académica como filólogo y catedrático de literatura, llegando a ser rector de la prestigiosa Universidad de Santiago de Compostela. Es miembro de la RAE, desde 2007, y llegó a ser su director de las misma durante un periodo de 5 años.

Este libro no es su primera publicación. Tiene multitud de trabajos publicados como crítico literario. Pero sí supone una incursión novedosa en una temática que no es estrictamente el de la literatura. Quizás por eso, este galardón tan importante supone un reconocimiento muy emocionante para el autor: “el libro me está dando muchas alegrías”.

Morderse la lengua

La expresión que da título a este libro es bien conocida. Todos la hemos usado alguna vez. Como el propio Villanueva admite, constantemente nos mordemos la lengua. En Cuba dicen “atarse la lengua” y seguramente, en otros países hispanoparlantes, podemos encontrarnos con otras formulaciones parecidas. ¿Por qué lo hacemos? En un principio, uno se muerde la lengua por educación, por prudencia o por puro sentido común. A veces, en una comida familiar, lo mejor es callar para no llegar a provocar un altercado que afecte a la convivencia. El problema es cuando, como ocurre en esta época en que vivimos, nos tenemos que morder la lengua porque nos obligan. Y esto es lo que está sucediendo, por ejemplo, con la llamada cultura de la cancelación.

La cultura de la cancelación

El concepto que hoy conocemos como cultura de la cancelación no es nuevo, aunque ha empezado a conocerse por este nombre apenas un lustro atrás. Supone ejercer un boicot sobre aquellas personas que emiten comentarios u opiniones que no son del gusto de la mayoría. En principio, puede parecer justificado que quien vierta un comentario ofensivo, tenga una sanción social. El problema es determinar quién juzga lo que es correcto y lo que no lo es, y de que forma la extensión de este fenómeno acaba por hacer imposible la autocrítica y el avance de las ideas conforme a la razón.

En algunas universidades norteamericanas se ha llegado al siguiente extremo: los profesores no pueden hablar sobre cuestiones que pongan en peligro el equilibrio emocional de un alumno. ¿Dónde queda entonces la libertad de catedra? ¿Dónde el avance del conocimiento?

Con otro nombre, algo parecido a la cultura de la cancelación se ha dado en todas las dictaduras, empezado por el clásico boicot que la Alemania Nazi ejerció sobre los escritores o pensadores que mostraran diferencia con el poder. Algo similar sucedió, durante un espacio de años aún mayor, con el régimen soviético. Y, de forma más sutil, comenzó a suceder en ámbitos académicos en el siglo pasado de la mano de una serie de pensadores que, como Marcuse, ponen en marcha una forma de entender el mundo que hoy conocemos como corrección política.

Corrección política vs ilustración

En nuestros días, la policía no persigue ni encierra en campos de concentración a nadie pro expresar sus ideas. Pero si es verdad que muchas personas pueden perder su trabajo, su prestigio y su trayectoria profesional, si sus ideas se sitúan en el punto de mira de los “actuales censores” que operan, mayormente, a través de las redes sociales. Esos censores de hoy ya no son los antiguos policías que espiaban tus pasos. Son, como ha dicho Ricardo Dudda, “los buenos”. Los que nos dicen qué hay que pensar y cómo hay que pensar para estar del lado correcto de la historia, la que manipula creencias y emociones para obtener un resultado sin importar las consecuencias (pensemos en el Brexit).

Darío Villanueva analiza en Morderse la lengua estos fenómenos desde un punto de vista lingüístico y el resultado es apasionante a la vez que inquietante. Comprobar que la razón ha dejado paso a falsas e irracionales ideas que, bien administradas, llegan a alterar el devenir de la humanidad no es “moco de pavo”. Muy recomendable.

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