Santiago Muñoz Machado, catedrático de Derecho Administrativo, es el nuevo director de la Real Academia de la Lengua Española. Esta institución se fundó en 1713 con el objetivo de preservar el buen uso del idioma español. En su lema “Limpia, fija y da esplendor” se resume lo esencial de su misión. En otras palabras, diríamos que su objetivo es mantener la unidad del idioma, estableciendo cual es la norma correcta, tanto en cuestiones léxicas, ortográficas o gramaticales. Los académicos son, en total, 46 y son escogidos de por vida. Además, existen Academias de la Lengua en casi todos los países de habla hispana, las cuales se articulan y coordinan con la que tiene su sede en España.

La RAE desarrolla una ardua labor que, sin embargo, no siempre es bien entendida o aceptada por los hispanoparlantes. Múltiples y diversas son las críticas que ha recibido la Academia a lo largo de la historia y que sigue recibiendo. La acusación más común es la de situarse por encima de los hablantes y no representar la forma real de hablar de la mayoría de ellos. Pero a partir de esta acusación común, se reproducen los cuestionamientos particulares de diferentes colectivos que se sienten agredidos o discriminados por sus decisiones. En los últimos años han arreciado las críticas sobre su pretendido machismo y la falta de sensibilidad hacía la equidad de género. Su quinta acepción del adjetivo “fácil”, por ejemplo, fue sumamente cuestionada: “Dicho especialmente de una mujer que se presta sin problemas a mantener relaciones sexuales”.

También ha recibido por muchos años el sambenito de institución racista o xenófoba por permitir, por ejemplo, que “gitano” siga teniendo una acepción como “trapacero”, es decir, alguien que se sirve de engaños para conseguir lo que quiere.

Incluso el sector de la alta gama ha criticado a la RAE cuando esta última definió el lujo como “abundancia de cosas no necesarias».

Algunos académicos se defienden de estas críticas argumentando que su labor no es la de la corrección política, a la que el presidente saliente llegó a calificar como una nueva forma de censura.

Otras personas, en cambio, son más benévolas y ponen el acento en el gran esfuerzo que la Real Academia de la Lengua ha hecho en los últimos años por acercarse al habla de la gente. Un esfuerzo que se ha traducido, por ejemplo, en la incorporación de más de 5000 palabras nuevas en la última edición del Diccionario de la Lengua. Cabe constatar que de las 93000 palabras que recoge esta obra, unas 19000 son americanismos, es decir, palabras propias del modo de hablar en la América hispana que, en muchos casos, tienen origen en términos indígenas precolombinos.

¿Es necesaria una Academia para preservar el idioma? O más aún ¿es conveniente? No todo el mundo se pone de acuerdo sobre cuál debería ser su función. Veamos sin más lo que en su día le dijo García Márquez, uno de los creadores más leídos en lengua castellana, a la RAE: “Nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura [a la lengua], sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos […]En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros».

Lo cierto es que los franceses, los alemanes y los italianos tienen academias similares a la nuestra. Pero, sin embargo, el inglés ha pervivido hasta hoy sin necesidad de una institución de este tipo. Bien es verdad que el Diccionario de Oxford cumple una función similar. Aunque eso sí, se actualiza cuatro veces al año.

Lo que no cabe duda es que todos los idiomas precisan de alguna entidad que norme lo que es o no correcto a la hora de escribir, aunque luego el habla sea mucho más flexible y, por así decirlo, vaya por delante de los académicos. Los detractores y defensores de su labor seguirán peleando entre ellos inevitablemente. Tal es así que una de las primeras tareas que tendrá que acometer Muñoz Machado es ultimar el informe sobre «el buen uso del lenguaje inclusivo» en la Constitución, que fue encargado por el actual Gobierno. Una nueva polémica está servida.